miércoles, 5 de agosto de 2020

La masacre estudiantil de 1975 no se olvida

Por Sergio Del Águila.San Salvador 30 de julio de 1975.- El otro de la escena en la masacre del 30 de julio, era yo, un joven guatemalteco que había despertado a las ideas y a la conciencia social, inspirado en esos tremendos muchachos del Movimiento 13 de Noviembre, las Fuerzas Armadas Rebeldes y los líderes del Partido Guatemalteco del Trabajo, cuyos mejores hijos eran encarcelados y torturados por las dictaduras cívico-militares desde el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz de 1954.
Los salvadoreños traían su proceso avanzado en la organización para la lucha de masas, de la cual Guatemala no era ajena, pues diversas expresiones de la clase trabajadora y su estamento, siempre mantuvieron relaciones fraternas inspiradas en el internacionalismo entre sindicatos, en particular incidía la organización marxista que en El Salvador era de vanguardia local y centroamericana. El día que llegamos a la sanguinaria masacre de estudiantes de 1975, ya habían transcurridos invaluables experiencias; los partidos Comunista Salvadoreño (PCS) y Guatemalteco del Trabajo (PGT) habían sufrido escisiones a partir de la polémica de si la lucha armada o no, era la vía para la toma del poder. También como en Guatemala, en El Salvador ya habían surgido grupos audaces que permitieron a finales de los setentas, pensar en una especie dirección revolucionaria unificada y que con sus propias características y entornos, los llevó a los años ochentas a conformar tanto la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); ninguno asaltó el cielo y como bien había advertido en 1974, Shafick Handal secretario general del PCS, “si vamos a la guerra popular revolucionaria, también tendremos que negociar la paz”. El asunto es que durante el primer lustro de los setentas, en El Salvador se tejían condiciones “objetivas y subjetivas” para emancipar al pueblo. Con el surgimiento de organizaciones armadas más decididas a cambiar el sistema. Al momento de ir a la marcha del 30 de julio contra la dictadura del coronel Arturo Armando Molina, la represión empezó a agudizarse; había expresiones militares que soñaban con aniquilar todo lo que oliera a movimiento popular organizado. La Fuerza Armada Salvadoreña, como la Guardia Nacional y la creciente formación de escuadrones de la muerte por parte de empresarios, auguraban un baño de sangre para ese sufrido pueblo. Venía el baño de sangre La reprensión era inminente, el régimen de Molina, se nos venía encima, mientras que las condiciones prerevolucionarias crecían. El 30 de julio allí estuvimos y sobrevivimos, eternas gracias a quienes nos salvaron de la sanguinaria Guardia Nacional. Carlos Hernández, un compañero joven estudiante de Artes, y decenas de mártires vivirán por siempre en la memoria de estos patriotas que soñaron y sueñan con que habrá justicia, democracia y desarrollo para nuestro pueblos. En lo personal se me enchina la piel al recordarme que ese maldito Guardia Nacional nos apuntó y disparó sobre nosotros los muchachos. El megáfono era la única arma que yo llevaba, desesperados corrimos al parqueo del Instituto Salvadoreño del Seguro Social, donde hubo que resguardarse. Éramos quinciañeros, agrupados en la Asociación de Estudiantes de Secundaria, (AES) frente de la lucha pública influenciada para bien por la Juventud Comunista Salvadoreña (JCS), que junto a la gloriosa Asociación General de Estudiantes Universitarios (AGEUS) convocamos y encabezamos, esa marcha contra la dictadura militar. Un compañero nos advirtió que la Guardia Nacional vendría sobre nosotros, porque el ministro de Defensa en ese entonces, general Carlos Romero, había movilizado un día antes un regimiento de caballería de la temida Guardia Nacional, dispuesta a sofocar cualquier brote de descontento, política que se mantuvo hasta finales de los setentas. Recuerdo que valientes enfermeras nos protegieron en la farmacia, en ese momento frente a las instalaciones del ISSS. Sin embargo vino la masacre, al finalizar el horror conocimos testimonios de cómo fueron degollados por escuadroneros decenas que quedaron mal heridos de los fusiles M-1, con lo que nos dispararon. En ese momento calculamos que más de 100 estudiantes perdieron la vida y sus cuerpos fueron tirados al mar. Esa marcha y la represión fue un parteaguas en la historia de la lucha de masas de la clase obrera salvadoreña. Meses antes como en Guatemala, empezaba a despuntar un basto plan antidemocrático y antipopular que descabezó el movimiento popular, Guatemala pagó el costo más alto que aun hoy día no ha podido hacer crecer nuevas generaciones de verdaderos revolucionarios. Gloria a nuestros mártires. La lucha sigue, hasta la victoria siempre.

domingo, 2 de agosto de 2020

Inaceptable indolencia del presidente y gobierno de Guatemala

Por Sergio Del Águila, corresponsal.- Guatemala vive la tragedia del virus en el peor momento de su historia de 60 años, en circunstancias duras, cuando la vida la determina el dolor y la muerte que cobran la vida diaria de valiosos ciudadanos. entre ellos profesionales de la salud, frente a la más cruel indolencia gubernamental.
Los poderosos decidieron abrir el país, por lo que el presidente Alejandro Giammattei puso en marcha desde el 26 de julio una “apertura” a la cuarentena; liberó la restringida circulación vehicular, abrió centros comerciales y el transporte público nos espera tal carroza fúnebre, todo “con protocolos consensuados”, pero de impredecibles consecuencias. Entre las medidas desesperadas, impusieron un sistema confuso de semáforo epidemiológico basado en una extraña combinación de resultados de entre tasas de contagio, casos superados y mortandad, en la que las autoridades del municipio donde hay población infectada, decreten alertas roja, naranja y verde para detener la propagación. Las medidas oficiales solo generan más desconcierto porque deja la solución para no enfermarse en manos de la gente. Así lo denota el llamado a promocionar que de ahora en adelante, depende de cada uno y de sus cuidados, pero nada dicen de las condiciones de pobreza y carencias en la que vive la mayoría de los guatemaltecos. Entre los países que peor han atendido la crisis de la pandemia, ninguno como Guatemala es tan responsable por muerte de 37 médicos, enfermeras/os y personal sanitario, hecho que solo puede ser atribuido a la irresponsabilidad del Ejecutivo, la burocracia, grupos que aun promueven la inexistencia del coronavirus y cierta irresponsabilidad del ciudadano. Aunque a los guatemaltecos les resulta lamentable la pérdida de tan valioso ser humano como un médico, al igual que la partida de cada ser querido, –que ya superan los 1,500 hasta el 26 de julio, el asunto es que la gente comprende, en medio del dolor, que ya nadie se engaña con discursos demagógicos. Duele Guatemala cuando vemos que valiosos seres cuya preparación profesional le cuesta al pueblo, se entregan por salvarle la vida a otros. Hace unas semanas los médicos fallecían por la malas condiciones de trabajo, según denuncias de ellos, incluso fueron criminalizados por señalar la falta de equipo, insumos médicos, instalaciones adecuadas y más personal. Por si fuera poco y según datos de la OCDE, Guatemala tiene solo un médico por cada mil habitantes que la coloca en el último puesto de Latinoamérica. No importa los que mueran Ahora los grupos de sociedad con alto consumo, los mismos que han clamado hasta con caravanas para que le abran el comercio, el transporte público y los servicios no esenciales, cuyo cierre nos ayudó a paliar la pandemia, vienen a votar todo, como queriendo decir, no importa lo que pase, a ver cómo nos va, mientras más personas se mueran será mejor. Hoy después de cuatro meses de “disciplina ciudadana” el gobierno de Giammattei hecha por la borda todos los cuidados y precauciones que tuvimos para no contagiarnos y preocupa que descaradamente, el empresariado diga claro que Guatemala no se volverá cerrar, aun cuando repunten los casos. Estos indolentes empresarios que le cobran la factura todos los días a Giammattei –por tenerlo sentado en la silla presidencial– abrieron todo en pleno ascenso del contagio, de tal suerte que quienes estaban mal se agravarán y los que sanaban estarán para el tigre, todo porque la salud es una mercancía por encima del derecho a la salud. Triste es saber que en Guatemala cuyo gobierno nunca ha tenido un plan para enfrentar la pandemia, el ascenso del contagio no se mitigará ni siquiera en los próximos meses, pero más lamentable es palpar que los guatemaltecos adormecidos, repitan que en adelante la responsabilidad de salvarse es personal. Demandar al Estado El Gobierno de Guatemala tiene la responsabilidad y la obligación de garantizar que los hospitales y centros de salud atiendan con dignidad a los contagiados, así como la protección adecuada para todo el personal de salud que trabaja diariamente en estos centros, pero no es así. Sin embargo, cada día en la medida aumentan los casos 1,200, según el pico más alto, en Guatemala empiezan a circular voces que piden llevar a juicio al gobernante por su responsabilidad en la muerte de 37 médicos; éste ingrato se esconde en la inmunidad que el cargo le otorga; que no se confíe porque ha existido dolo, incumplimiento de deberes y delitos punitivos. A juicio del sociólogo, Otto Rivera “no se puede atribuir a responsabilidad individual cuando el gobierno jamás ha tenido ni plan, menos estrategia para reducir el impacto de la pandemia y menos afrontar COVID-19”. “Hemos recibido las dos recomendaciones más caras en toda la historia política del país, Q31 mi millones para que en un minuto el presidente lo reduzca a: usen mascarillas y lávense las manos. Está conduciendo al país a una mortalidad que deber considerarse como crímenes de lesa humanidad”, señaló Rivera, un defensor de los derechos de la niñez y la familia. A cuatro meses de surgida la crisis por la pandemia, el panorama para los guatemaltecos es oscuro, la economía está en el suelo y los contagios por coronavirus no se detienen, los hospitales están colapsados y la muerte campea, mientras el gobierno se desgrana en la impopularidad, rechazo y la falta de credibilidad. La encuestadora mexicana Mitosfky en una encuesta reciente, coloca al presidente Giammattei como el de más baja popularidad, en el puesto 26 de 29 gobernantes latinoamericanos, no es para menos, pues su papel ha sido nefasto para el país, incapaz, ineficiente y malo frente al manejo de la pandemia.

Carlos Barrios: La necesidad de articular fuerzas para gobernar y transformar a Guatemala

Por Sergio Del Águila Guatemala.- URNG tiene claridad lo que significa articular a las fuerzas revolucionarias, democráticas y progresis...