Sergio Del Águila, para gAZeta
Julio 01.- Muchas son las críticas fundamentadas contra el mal manejo
de la pandemia en Guatemala; agradecemos a los expertos mantenernos al tanto de
lo nuevo de estos momentos que nos tienen aislados con necesidades de afecto, sin
un abrazo de la amiga/o, la sonrisa, o la palmadita de quien uno quisiera ver y
encontrar.
De las malas noticias consecuencia de la crisis de salud,
los guatemaltecos siempre pasan facturas, a veces tardan, pero cobran. Por ahora,
como generación de los pandelenmians –como se le ocurrió mejor a una respetable
adolescente–, enfrentamos las consecuencias emocionales de lo que ha
significado el coronavirus.
Por eso es importante hablar sobre cómo enfrentamos en los
centros urbanos, las relaciones cotidianas que implica el encierro, sea en casa
como en los trabajos, pero también preguntemos como están quienes viven en desventaja
social, sin beneficio, desempleados o subempleados, para los que las
expectativas son puras esperanzas. Cómo se vive en los departamentos de la
Republica, también merece atención.
Los mujeres y hombres de bien tienen cosas logradas, las
condensan en acciones y conductas centradas porque tienen despiertos los
sentidos de solidaridad, humanidad, moral y justicia, hay quienes los tienen
distorsionados y perversos sobre todo quienes utilizan mal la inteligencia,
como el caso del presidente Giammattei que sirve a los intereses de un grupo de
avaros.
Cuántas penas y angustias ha provocado el coronavirus en
esta sociedad donde el mutismo emocional, –incapacidad de expresarse–, es parte
de las taras manifiestas entre hombres y mujeres impuestas por un sistema
estructural excluyente, que provoca la distancia social per se.
La modificación de las relaciones interpersonales que impone
la subsecuente etapa de la pandemia, son un verdadero reto porque las
tradicionales formas de relacionarnos –que ya
estaban en crisis–, requerirían ser renovadas, pero tampoco es cierto
que, a lo que le llaman “nueva realidad”
se impondrá a los buenos sentimientos, a la solidaridad fraterna a vivir en el
distanciamiento social que le dicen.
En estos momentos, cuando los amigos resultan contagiados y
familiares pierden la vida con el consecuente trauma para el núcleo familiar,
es un problema serio porque el duelo, también requiere de afecto en compañía, porque
ello le da sentido a nuestras vidas.
Los que van quedando vivos, digo eso porque se dice que al
menos 70 por ciento de los guatemaltecos está contagiado, son quienes con
fortuna, pueden sentir que no estamos solos, aun en la distancia; aunque más
triste es que ni siquiera a los vecinos se puede ver. “La música que más extraño es el timbre
de mi casa”, expresó una amiga que trabaja con niñas y adolescentes.
La impotencia de no poder dar un abrazo de consuelo y expresar
lo que hace humanos no debería ser impedimento para modificar las relaciones
interpersonales, es necesario mandar abrazos y besos. Preguntar cómo amanecimos
sentir la piel del próximo, ayudar al vecino, al amigo, aun y cuando estemos
con carencias básicas: agua, jabón,
alcohol, cloro, y una vivienda digna, ventilada, aseada, o un servicio médico
cuya obligación es una obligación del Estado, que cada día la elude, hay que
sobreponerse.
Compensación
Las capas medias empobrecidas, grandes continentes de
obreros industriales, servicios y otras ramas, empleados públicos y privados,
campesinos indígenas o ladinos, algunos de quienes tienen acceso a la
tecnología digital –para lo que hacen enormes esfuerzos económicos–, solo ven compensado su esfuerzo en la emoción
de ver, leer o escuchar a su ser querido, expresar sus emociones, comentar sus
percepciones y compartir las dificultades.
Reinventarnos económicamente para insertarnos en la producción
de bienes y crear riqueza de la que el sistema se encarga de negarle acceso a
los pobres, también implica tener una nueva moralidad, que en realidad no es
nueva pues se trata de ejercer nuestros derechos, como el luchar contra la
explotación, los bajos salarios y la falta de oportunidades.
Los que quedaron aislados y sufrirán por inundaciones,
deslizamientos, que están en albergues y donde más de alguno puede comunicarse
con sus familias, demandan nuestras solidaridad, los mismo que han quedado varados,
y enfrentan soledad, tristeza y desesperación, deben recibir nuestro abrazo
siempre.
Los que están perdiendo sus familiares sufren trauma, los
que se curaron y están convalecientes, viven la angustia de la reincidencia,
ellos también están pendientes de la palmadita y la consideración, aun a pesar
de que hay fuerzas en el país y en el planeta que quieren que la humanidad “que
sobra” se extinga, no lo lograrán.



